Ecoaldeas, esos interesantes laboratorios sociales

por | 25 enero, 2016
Sala con información sobre distintos proyectos en marcha, en el pasado encuentro de la Red Ibérica de Ecoaldeas, celebrado en Arterra Bizimodu

Sala con información sobre distintos proyectos en marcha, en el pasado encuentro de la Red Ibérica de Ecoaldeas, celebrado en Arterra Bizimodu

¿A qué te suenan las ecoaldeas? ¿A comunas de hippies? ¿A la vuelta a la Edad de Piedra? ¿A pueblos okupados? Tal vez te encuentres algo de todo esto, pero su esencia va mucho más allá. Lo importante es que suponen la puesta en marcha denuevas formas de relación y organización que se revelan como alternativas factibles al modo de vida convencional. Son pequeños nichos de libertad integrados por personas que han decidido recuperar el control de sus vidas y ponerse a dirigirlas. Son experimentos de una nueva sociedad que, facilitados desde pequeños laboratorios rurales, buscan tener repercusiones macro políticas.

Se están atreviendo con fórmulas comunitarias y cooperativas y, a través de un proceso constante de ensayo y error, van conformando los contextos apropiados para llevar una vida más plena. Con modelos de lo más variado, todas están en un proceso constante de aprendizaje, en el que estudian, debaten y acuerdan sus propias reglas de funcionamiento. Indagan en el pasado y en el presente, recuperando tradiciones y aprovechando avances tecnológicos en la medida en que les sean útiles.

El fenómeno es complejo de explicar, no sólo por su eclecticismo, sino porque supone un cambio de perspectiva difícilmente comprensible con un mero análisis intelectual. Para conformarse una imagen más o menos clara de en qué consiste todo esto hay que vivirlo. Y cada uno ha de hacerse su propia idea. No vale que se lo cuenten.

De lo individual a lo colectivo y de lo micro a lo macro

Aquel “sé el cambio que quieres ver en el mundo”, de Ghandi, se plasma en las ecoaldeas. Del cambio personal, al cambio en las relaciones en comunidad; y de los nuevos modelos sociales a nivel micro, al cambio en el macrosistema globalizado. Las bases en las que se sustentan: equidad, cooperación, autogestión, sostenibilidad, responsabilidad, confianza, amor… son, todas ellas, extrapolables y deseables para cualquier sistema social. No están esperando un cambio. Lo están protagonizando, siendo la semilla y el fruto de lo que les gustaría que fuese el futuro modelo social. Desde estos pequeños lugares, se crean comunidades colaborativas que tejen redes de ayuda entre ellas y que pueden expandirse hasta dónde lo permitamos. El fenómeno es creciente y algunas ya han superado con éxito las dos décadas de existencia.

Autosuficiencia

La ayuda mutua es una base importante de estas comunidades, un requisito indispensable para que funcionen a nivel interno y como red. Por ello, el conocimiento, lejos de emplearse como una herramienta competitiva, se considera un bien común que hay que compartir. Cuanto más saben l@s integrantes de las ecoaldeas en general, mejor para tod@s; todo se vuelve más eficiente y tod@s se benefician. Por eso, es frecuente que realicen encuentros y talleres de todo tipo: técnicas de construcción o de agricultura, métodos de resolución de conflictos, temas jurídicos, fórmulas económicas, gestión de las emociones, medicina natural…  Algunas comunidades se ayudan con estos talleres para financiarse. No obstante, por lo general, siempre se reservan algunas plazas para costearse el taller con trabajo voluntario.

Esta colectivización del conocimiento y del trabajo facilita la autosuficiencia. La gente se hace o se rehabilita su casa por muy poco dinero y cultiva su propia comida (sabe lo que come). Seguramente es difícil empezar todo esto sin ningún capital (aunque no tiene por qué ser imposible). En todo caso, para vivir en una ecoaldea hace falta mucho menos dinero que en cualquier otro sitio; y, por lo general, todas buscan continuamente fórmulas para depender lo menos posible de la moneda oficial.

Economía (o ecosinuestra)

Sus fórmulas de gestión económica varían hasta el punto de todo lo que un@ se pueda imaginar y le parezca factible. Por lo general, se tiende a que las necesidades básicas de todos sus integrantes vayan quedando cubiertas sin necesidad de dinero (puesto que el dinero escapa a su control: otr@s deciden cómo se emite y se gana, o para qué sirve), abordando dicho aspecto mediante el trabajo comunitario. No obstante, hoy en día, es difícil no depender del euro para alguna cosa, por lo que suelen organizar actividades colectivas (venta de productos propios, prestación de algún servicio, cursos, eventos…) para obtener ingresos comunes que luego distribuyen como decidan. Y también hay gente que trabaja fuera de la ecoaldea o que tiene actividades particulares en ella y que aporta o no lo que gana, o parte de ello, a la comunidad. En fin, que cada una escoge la fórmula que cree que se ajusta más a sus circunstancias en cada momento.

Por otro lado, en la red tejida por estos grupos también se están experimentando formas diferentes (que no nuevas) de economía. Como complemento al trueque, muchas están usando monedas locales, volviendo a dar al dinero su sentido original, que no era otro que el de servir como herramienta para facilitar el intercambio. Estas monedas, no obstante, también se están empleando en muchas ciudades por lo que, por otro lado, pueden ser un instrumento interesante para acercar las relaciones entre las ecoaldeas y los núcleos urbanos. L@s urbanitas pueden pagarles con moneda local sus productos y luego permitir que ell@s les paguen con la misma moneda aquellos servicios que requieran de la ciudad (esto es complicado y lento, pero factible; el tema en sí da para varios artículos).

Propiedad y forma jurídica

Las garantías materiales que ofrecen a sus integrantes pueden variar de unas a otras. Hay ecoaldeas en terrenos comprados, okupados, cedidos y alquilados. Pueden ser propiedad de algun@ o vari@s de sus miembros o de alguien ajeno a la comunidad, pueden ser pueblos abandonados o fórmulas mixtas de este u otro tipo. Así que, si alguien que lea esto tiene tierras, podría plantearse la posibilidad de ofrecerlas a gente que quiera formar una ecoaldea, tratando de llegar con ell@s a un acuerdo beneficioso para ambas partes; y siendo así partícipe de este cambio social. Como son experiencias muy diferentes a la forma de vida que nos han enseñado, su materialización suele ser lenta y compleja. Muchas de estas comunidades mueren y otras evolucionan y cambian a lo largo del tiempo, pero, por lo general, quienes deciden emprender un proyecto así se toman el asunto en serio y tratan de buscar fórmulas que garanticen su funcionamiento. Buscan que sea algo sólido, con independencia de cuántas personas pasen por él.

Para actuar de cara al exterior, algunas consideran apropiado adoptar diferentes figuras legales (generalmente: asociaciones, cooperativas, fundaciones y sociedades limitadas), pudiendo darse distintos supuestos: la propiedad puede ser gestionada por una cooperativa en la que l@s miembros recuperen lo invertido si se van, puede que cada un@ pague su propia casa y haga con ella lo que quiera, hay sitios en los que ya hay casas habilitadas que pueden ocupar distintas personas en distintos momentos, pueden crearse pequeñas cooperativas de trabajo asociado… Hay que jugar un poco. En el futuro, esperan que se cree una figura legal específica para ellas. De hecho, en algunos países europeos (en Italia principalmente) se está poniendo especial empeño en conseguirlo.

Cómo se organizan

Cada una ha de regirse por unos mínimos principios que compartan tod@s sus miembros. Frente a la estructura jerárquica tradicional, la de las ecoaldeas es horizontal (nadie manda sobre nadie) y, partiendo de bases igualitarias, tod@s deciden la forma en la que se van a organizar en todos los sentidos. Así, pueden tener personalidades tan dispares como les quieran imprimir sus integrantes: las hay para todos los gustos.

Por lo general, existe una separación entre la esfera personal y la colectiva. Suelen disponer de espacios individuales y colectivos (comedor, espacio para actividades, taller…) y tod@s dedican una parte de su tiempo a las tareas comunes (la cocina, el huerto, la limpieza, la organización…), haciendo el trabajo más llevadero. Tod@s cuidan de tod@s y se concede una atención especial a l@s niñ@s. Por lo general, la familia atomizada da paso a la tribu, y la cultura impuesta a la cultura libre. Una tarea pendiente pero no olvidada en muchas de ellas, por ser algo más complicado, es la de l@s adolescentes, todo hay que decirlo.

¿Una vida muy dura?

Lo más difícil, en un principio, podría parecer conseguir lo necesario para sobrevivir: cultivar, tener luz, Internet, casa, calor… Estas pueden ser tareas duras pero, curiosamente, muy gratificantes. Aunque diferentes. Hay cierta diferencia entre celebrar San Valentín el día 14 de febrero y celebrar que tu casa está terminada o que se ha conseguido elaborar una cerveza riquísima. Los sentimentalismos sucedáneos se vuelven sentimientos más reales.

Lo más difícil es aprender a aceptarse -tener la humildad necesaria para reconocerse y superarse- y a convivir con l@s demás como iguales. Desprenderse del egoísmo, de los juicios y de los prejuicios. Atreverse a ser un@ mism@, a aceptar a los demás como son, a ayudar de corazón y a dejarse ayudar. Por ello, las relaciones humanas son un aspecto muy cuidado en estas comunidades. De hecho, además de las asambleas organizativas, muchas de ellas celebran asambleas emocionales, destinadas a la resolución de conflictos y a la búsqueda de fórmulas óptimas para conciliar el bienestar individual y el colectivo.

El primer paso

Antes de poner en la balanza aquello que se puede perder o ganar si un@ se plantea optar por esta forma de vida, es muy recomendable que lo conozca de primera mano. Aunque sea poco a poco, yendo a pasar unos días en una de estas comunidades, o acudiendo a algún encuentro. Casi todas las ecoaldeas tienen algún espacio para visitantes. Suelen ofrecerlos a cambio de dinero (muy poco), cosas que necesitan o ayuda en el trabajo.

Hoy en día, hay much@s nómadas que van de una ecoaldea a otra, lo que es muy interesante, porque facilita que un@ se haga una idea más clara de qué cosas le gustan y cuáles no. Así, ya sabe cómo quiere vivir (se pueden aprender cosas que a un@ no se le habrían ocurrido, que hay gente muy creativa aquí). Si alguno de los lugares que ha visitado le gusta y pueden asumir nuevas incorporaciones, puede tratar de quedarse en él. Suele ser norma, en este caso, que l@s interesad@s pasen un periodo de adaptación o de prueba que puede ser más o menos largo (varios meses), porque, evidentemente, entre otras cosas, no es lo mismo visitar uno de estos sitios en verano que durante el crudo invierno, o porque los primeros días con alguien siempre son mejores que los primeros meses. Si un@ no encuentra por ahí lo que quiere, puede empezar a buscar la forma de crear su comunidad ideal, juntándose con gente que tenga tu misma idea. No hace falta irse con amig@s, sino con quienes compartan tu forma de ver las cosas.

Caja de herramientas

Una primera herramienta para empezar podría ser el compromiso con el cambio que un@ desea, el no tirar la toalla ante los primeros obstáculos. Es difícil salir de la zona de confort hasta que se rompen ciertas barreras. El proceso es tan duro como gratificante, pero seguir un ideal requiere ciertas dosis de fe y persistencia.

La autogestión comunitaria bien entendida implica la conquista de la libertad personal y la asunción de la responsabilidad sobre las propias acciones, justo lo contrario de aquello a lo que estamos acostumbrad@s. En las macrodemocracias (que, por ser macro, no son democracias) todo lo que hacemos suele estar determinado, de alguna forma, por alguien más: desde la hora a la que nos levantamos, hasta la ropa que llevamos, cómo nos relacionamos con los otros géneros, cómo nos enteramos de lo que hacen los políticos, cómo nos divertimos…. Es decir, tenemos un margen limitado para hacer lo que queramos. Y es muy difícil responsabilizarse de las propias acciones cuando se tiene poco control sobre ellas. Un@ no puede culparse, por ejemplo, por pasar poco tiempo con su familia si el trabajo se lo impide (sí puede responsabilizarse de tener ese trabajo, pero ese es otro tema que da para mucho). Y tod@s estamos prácticamente obligad@s, por ejemplo, a tener una cuenta en un banco, sin que sepamos, muchas veces, si invierten el dinero en armas, en pesticidas o en flores. A un nivel más macro, esa no es forma de cambiar el mundo, porque no sabemos cómo lo están gestionando quienes tienen potestad para hacerlo. Tenemos las manos atadas, asentimos y callamos. La libertad de la que disponemos es más bien un cacahuete ¿no?

Cuando un@ se decide a conquistar dicha libertad, encontrarse, de pronto, con que tiene en sus manos todo el tiempo de su vida y que tiene que decidir qué hacer con él, puede ser algo chocante y difícil de gestionar. Y encontrarse, de repente, con que hay que aprender a sobrevivir sin que se lo den todo hecho (comida, casa, salud…) puede dar cierto pánico y un@ se puede preguntar ¿sobreviviré? Pero cuando se participa del trabajo y el saber colectivos y las cosas van saliendo adelante, un@ se da cuenta de que puede que no fuera tan complicado o de que, al menos, era factible. La pregunta ¿y si sale mal, qué hago? puede quedar parcialmente respondida observando el grado de compromiso que un@ adquiera (su persistencia y su esfuerzo, es decir: ¿en qué punto decido, si lo hago, que ya no merece la pena seguir intentándolo?) y buscando el equilibrio entre los deseos y la realidad (en este sentido, un@ también puede barajar planes B, en caso de que no sea de los que se tiran a la piscina sin flotador).

Otra herramienta necesaria es la recuperación de la confianza en el prójimo. Estamos tan acostumbrad@s a cerrar las puertas con mil cerrojos y a poner alarmas, a no dejar que l@s niñ@s salgan solos a la calle, a vigilar el bolso… Este miedo está alimentado por el individualismo y la competitividad. Pero en estas comunidades no debe haber peligro por dejar tu puerta abierta a l@s vecin@s, más bien al contrario, porque quien pueda ayudarte lo hará y nadie deseará tu mal (esta es la teoría ideal por la que se trabaja). Y un@ va recuperando la confianza en el ser humano cuando pone esto en práctica con otr@s que han decidido asumir su mismo compromiso. Entonces es cuando los miedos desaparecen.

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Muchas de estas comunidades están integradas en la Red Ibérica de Ecoaldeas, que celebró en agosto-septiembre del año pasado su XVIII encuentro en la comunidad navarra de Arterra Bizimodu. Acudir a una de estas citas (abiertas a todo el mundo) o a cualquier otra de las muchas que se convocan en diferentes ecoaldeas es una buena opción para quienes quieran iniciar un acercamiento a este tema. Aunque solo sea para satisfacer la curiosidad personal, seguro que resulta una experiencia interesante y gratificante, por cuanto en ellas siempre se respira un aire diferente. Mucho amor, mucho saber y mucho arte. Y, por supuesto, todo esto, siempre con una total con-ciencia eco-lógica.

Si el asunto te ha parecido interesante, no dejes de ver este vídeo, grabado durante el encuentro de la RIE del año pasado, en el que varios ecoaldeanos de distintos proyectos cuentan cómo ven ellos el fenómeno de las ecoaldeas:

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