¿Sello ecológico o Sistemas Participativos de Garantía?

por | 11 mayo, 2016

Todo lo que la sociedad demanda y que parece incontenible, el poderoso de turno se lo apropia y lo adapta a su conveniencia. Y luego hace creer a la sociedad que están en el mismo bando y que lo que ella pedía era exactamente lo que ahora le ofrecen. Y con el auge de la demanda de alimentos ecológicos no iba a ser de otra forma. La respuesta satisfactoria de la gente ante este tipo de situaciones se denomina ignorancia autocomplaciente. Lo contrario se llama conciencia crítica.

Los Sistemas Participativos de Garantía ponen la comida en nuestras manos

Los Sistemas Participativos de Garantía ponen el control sobre la comida en nuestras manos.

El sector de la agricultura ecológica, por paradójico que parezca, ya es todo un miembro perfectamente adaptado del gran mercado globalizado de la alimentación.

Como señala la FAO, ante circunstancias como estas, en las que las relaciones directas entre el productor y el consumidor se han roto, es necesaria alguna herramienta que asegure a los consumidores que los productos se corresponden con sus expectativas. La propuesta legal de la Unión Europea ante esta situación es el Sello de Certificación Ecológica, otorgado por terceras partes autorizadas a quienes cumplen con los requisitos establecidos en la normativa correspondiente.

Dejando a un lado los intríngulis de este sello oficial (que dan para mucho y que analizaré en otro artículo), si rebobinamos un poco, tal vez veamos que todo se ha hecho un gran lío que, no obstante, se puede tratar de desenmarañar. Es decir, si la certificación hace falta porque se han roto los vínculos entre productores y consumidores, entonces, tal vez una solución más sencilla y más eficiente podría ser restablecer dichos vínculos en la medida que eso sea posible.

Nos movemos, entonces, de la certificación adaptada a la agricultura industrial globalizada a la certificación participativa de proximidad, una idea desarrollada por organizaciones no gubernamentales en Brasil, que se ha extendido por todo el planeta. Los protagonistas de la misma: los pequeños agricultores (los grandes olvidados del sello oficial) y los propios consumidores.

Existen muchos pequeños productores ecológicos que, por distintos motivos, no cumplen con los requisitos burocráticos del sello oficial y otros que, simplemente, no quieren participar del mismo. El cabreo es patente en muchos de ellos, cuando ven que no pueden vender sus productos como ecológicos, biológicos u orgánicos si no se ajustan a las normas del juego impuestas por aquél. Observan impotentes cómo se les cierran las puertas del mercado.

Las autoridades correspondientes se han apropiado de dichos términos y los han definido como más les ha interesado. En cierta manera, los han corrompido, y con el paso del tiempo, se va perdiendo la memoria de su sentido original. Afortunadamente, también hay quien se empeña en mantenerlo vivo. Hay muchos pequeños productores que yo diría que, más que agricultores ecológicos, son ecologistas que ejercen como agricultores, porque el concepto de producción ecológica supone mucho más que no usar productos químicos o transgénicos, que son básicamente los únicos requisitos del sello establecido por la UE que, por otro lado, permite algunas prácticas que resultan, sin duda, chocantes. Realmente va una gran diferencia de ver la ecología de la agricultura como un proceso burocrático y un negocio a vivirla como una convicción.

Los Sistemas Participativos de Garantía (SPG) van más allá de ser una mera certificación del proceso de producción ecológica. También consideran aspectos humanos y sociales. Se llaman participativos porque son los propios participantes (productores, comercializadores y consumidores) quienes deciden, gestionan y avalan sus propios criterios de calidad. Son ellos mismos quienes van a comprobar in situ que lo que hacen, venden y comen se ajusta a lo que desean. Por lo general, todos son muy similares en lo fundamental, puesto que requieren una implicación y ello supone que se trata de gente más o menos concienciada. Pero luego, cada cual puede tener sus particularidades locales. No obstante, hay sistemas de este tipo que funcionan en áreas muy lejanas entre sí: porque coinciden en lo básico, aunque se gestionan localmente.

Estos sistemas, a diferencia del sello ecológico oficial, suponen un paso adelante en la vía de la soberanía alimentaria, puesto que dan la oportunidad al propio consumidor de tener una implicación y un conocimiento real de la gestión de su comida. Esto es algo sumamente importante si pensamos que siempre vamos a tener que comer y que, o lo hacemos de forma sostenible, o las consecuencias, que ya se están viendo, pueden ser tremendas en muchos aspectos (el control de la alimentación mundial terminará en manos de unos pocos). Y bueno, yendo un poco más allá, qué mejor que ir abriendo el mayor número posible de vías hacia la autogestión, hacia la toma de decisiones sobre todo aquello que nos afecta.

Las ventajas de los SPG son múltiples: retienen la riqueza local, dignifican las relaciones laborales, establecen precios justos, fomentan la cooperación en pro del bien general, facilitan relaciones humanas de mayor calidad, se preocupan por el cuidado de la salud y del medio ambiente, no ven la ecología como un negocio… En definitiva, los SPG representan el progreso bien entendido.

La clave para que esto empiece a proliferar y evitar que todo el sector acabe por caer en las fauces del gran mercado está, sobre todo, en manos de los consumidores (en ellos está, en general, la llave del cambio en muchos aspectos). Apoyar los productos que lleven estos sellos sería una buena forma de empezar a actuar, en lugar de solo protestar, de una manera bien sencilla y, encima, obteniendo un beneficio para uno mismo y para el conjunto social. ¿Más fácil que eso? Cuesta menos que ir a una manifestación y es más efectivo.

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